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La ayuda que no ayuda

La ayuda que no ayuda

“Conocen alguna persona que siempre esté dispuesta?, de esa gente que siempre está lista para dar una mano, esa gente que nunca te va a decir que no, esa gente que es incondicional?? ahh, vos sos una de esas personas!!

Si, se te nota de lejos! para vos es normal, pensás que nadie lo nota, pero nosotros, los demandantes a tiempo completo, te vemos, te olfateamos, desde el otro lado del planeta si es necesario… sabemos que sos un ayudador que no puede con su genio, y allá vamos, a pedirte: tiempo, dinero, atención, comida, agua, sexo, cuidados, lástima… vamos en postura de drama y desesperación, sabemos que no podrás resistir, y que vas a ceder. 

Sabemos que sentirás pena, sentirás que te corresponde ayudar a esta pobre gente, a este séquito de almas en pena… y así, chuparemos tu sangre, tu reloj, tu billetera, secaremos tus jardines. Nosotros nos iremos aliviados, bajo el sol de la tarde, y vos, vos te quedarás ahí, vacía y remota, Quizás te sientas bien un rato, sintiendo que has hecho tanto por nosotros, ya te hemos dicho lo bien que nos hace tu presencia, tu generosidad, que por favor nunca cambies, que queda poca gente como vos…” 

Ese efecto embriagador del elogio quizás dure un rato, pero más tarde o más temprano llega el vacío. Y lo dulce, se vuelve amargo. 

Esto es lo que vengo viendo, año tras año en mi consultorio. Escuchando el dolor de tantas personas, víctimas de su propia compulsión a ayudar, sufriendo por no saber decir que no, a veces sin darse cuenta que están al límite, que ya no pueden, pero son incapaces de registrarlo, -para los otros siempre hay, por otros siempre es posible-, hasta que caen… en depresión, o caen, literal, de un golpe, o por un accidente (que de accidental tiene poco); caen en bancarrota, caen de rodillas con una angustia extrema… de uno u otro modo, caen.

Hace algunos meses que vengo hablando de esto, tanto aquí, como en mis redes y en mis cursos, es que realmente me parece que muchas personas no son plenamente conscientes de en qué medida, su ayudar a otros, más allá de agotarlos y llevarlos al extremo de la extenuación, enmascara muchos de sus propios miedos, carencias, culpas. Muchas veces, el ayudar a otros puede funcionar como el último recurso, desesperado y ciego recurso, para no ayudarse a mi mismas, para no atender a sus necesidades, para no hacerse cargo de su propia vida. 

Las personas que ayudan de un modo desmesurado, sienten que si niegan la ayuda, son malas. Es obvio, pero hay que decirles: No, no sos mala, o egoísta, no sos tacaña o materialista, no… sos simplemente una persona, como todas, con limitaciones y carencias, como cualquier gente. Y el poder decir que NO es reflejo de esa humildad, del reconocimiento de esa finitud, de tu humanidad.

Es que no sos especial, especial es el título que te ponen los que te adulan, para que sigas siendo funcional. O si te resuena más, es que todos somos especiales. 

No siempre tenés que ser la buena de la familia o del grupo, no tenes que ser siempre la que juegue el mismo rol, la que todos vean como el centro de beneficencia del clan, o el confesor del barrio y aledaños. 

Hay un mantra que quisiera compartirte, una frase que es la llave para una vida nueva, una reliquia, y es muy sencilla, dice así: 

-No hay más- 

(… ahh, suena como los dioses). 

– No tengo más, se me acabó…-  el tiempo, las ganas, el amor, la paciencia, la buena onda, la simpatía, el sí fácil, el “dale, si no me cuesta nada”. 

Si la ayuda es desproporcionada, si el intercambio pierde el equilibrio, no importa cuánto sea el amor, el cariño o el interés, la relación acabará quebrándose. 

A veces no podes ayudar, aunque puedas, no podés porque no te corresponde, porque no le sirve al otro, porque te desgasta, aunque casi ni lo notes.

La ayuda que no ayuda, es cuando hacés de más, con tus hijos cuando haces lo que ellos podrían hacer por sí mismos, haces de más por esa amigas cuando siempre la escuchas pero nunca queda tiempo para que te escuche a vos, das de más cuando te quedas después de hora en el trabajo, esas horas que nadie te paga, que nadie te reconoce, dás de más en una pareja cuando lo mantienes, económica o emocionalmente. Haces de más por tus padres o  por tus hermanos, cuando los asistes como si estuvieras por encima de ellos. 

Hacer de más es una trampa. Es un autoengaño. Es el  tipo de ayuda que te va a dejar vacía, que te puede aniquilar el corazón y acabar volviéndote una persona amarga y triste, porque a la larga sentirás resentimiento, dolor, te irás convenciendo que el mundo es un lugar egoico y hostil, donde no existe la empatía y ya nadie piensa en otros…. excepto tu. 

Generarás soledad, porque habrás aprendido a mantener solo relaciones nutricias, donde eres la única o el único que da, que sostiene, y toda relación acaba rompiéndose bajo esa estructura. Nada prospera a la sombra de un desequilibrio tan grande.  

Te invito a que te observes, sin juzgarte, solo observarte. Te invito a que mires, con amor, cómo te vinculas, y si acaso, sería tiempo de un cambio. 

De ir hacia relaciones más sanas, más fértiles, donde se parezca más al 50 y 50, a un ida y vuelta generoso y suficiente. Quizás debas aprender a pedir, a tomar lo que necesitas, quizás debas ejercitar por largo tiempo las frases que te contaba mas arriba, quizas debas cambiar vos para que algo cambie allá afuera… porque ellos, los que siempre piden, ellos no van a cambiar. 

Siempre lo digo, los cambios son procesos, no hay magia en esto, es iniciar un camino de transformación personal, no es fácil, no es rapido, pero te aseguro que vale la pena. Darte cuenta que estás incómodo ya es un primer paso, enorme, solo la gente que está incómoda se mueve. 

Te invito a recorrer ese camino, a aprender a Dar lo mejor de vos, sin que en eso se te vaya la vida. Todo lo contrario. 

El dar y el tomar

El dar y el tomar

Les propongo reflexionar sobre este tema desde la perspectiva de las Constelaciones Familiares. Se trata aquí de una mirada distinta de “El dar y el recibir”, con el que crecimos muchos de nosotros. El dar y tomar propone una forma mucho más activa, de parte de quien renuncia al solo hecho de esperar, y se encamina hacia aquello que quiere, hacia aquello que necesita.
Tomar y recibir son posiciones subjetivas muy diferentes. Quien recibe se queda esperando lo que el otro pueda o quiera darle. Quien se decide a tomar, sale en su búsqueda, acciona, se procura para sí misma.
Sí, hay que saber recibir, armoniosa y amorosamente, con humildad, y también hay que saber tomar. De hecho, hay más de lo que soy capaz de tomar, en el generoso árbol de la vida. Solo me queda decidir qué de todo lo que existe, yo voy a elegir. Y ya sabemos que si algo elijo, algo resigno. Así es la vida.

El que sólo se queda en la postura de recibir, corre el riesgo de estancarse en la vida; esa recurrente obstinación de pedirle peras al olmo… Cuántas personas conocemos que se han pasado la vida esperando que el otro cambie, que las circunstancias sean distintas, que aparezca esa oportunidad? muchas, tristemente, muchas.
Si sólo espero, puede que me resulte muy tentador quedarme, demasiado tiempo, en posición de víctima, reclamando al otro, y haciéndole sentir culpable por todo aquello que no me ha dado.

Atender y cuidar con responsabilidad los vínculos, supone asumir, y aceptar, que “dar de más”, aquello de “darlo todo”, resulta nefasto para las relaciones humanas; casi tan nefasto como dar de menos, como la mezquindad y el egoísmo.
La excesiva generosidad, a veces, esconde una profunda necesidad de amor, y de control. Si estoy dando demasiado, quizás sea momento de atender a mis propias carencias, darles su lugar, atenderlas como a niños pequeños, hambrientos y agotados, y dejar de esperar que el otro, o los otros, calmen mi hambre atrasada.
Mis padres ya no pueden resolverlo, porque ya he crecido, mis parejas no pueden resolverlo porque ellos son solo mis compañeros/as de camino, mis amigos, mi profesión, mi terapeuta…ellos no pueden cubrir todos mis huecos. Nadie puede.

Hay una idea muy arraigada, que supone que si yo doy más van a amarme más, y no es así. Por más que dé, y dé de más, el otro no necesariamente va a devolverme amor. 

El mundo, el sol y la luna no serán suficientes, si no estoy dispuesta a tomar.

Quizás, sea momento de dejar de esperar y empezar a tomar, momento de dar solamente cuando hay un justo equilibrio, un ida y vuelta nutritivo, y empezar a caminar hacia la dulzura de la vida, que siempre tiene las manos llenas.

Stella Acosta

El miedo a la libertad

El miedo a estar vacíos y desorientados, frente a la mirada desnuda de la vida. A perder el sentido, o a darnos cuenta que no tenemos uno… a no distinguir el porqué, el para qué nos levantamos cada mañana.
Miedo a tener tiempo, a tener la vida… y no saber qué hacer con eso.

Si no estuviera ahora mismo, sujetada y pautada por la vida que tengo armada, si ya no encajara en los límites amarillos de la rutina de cada día… ¿Qué sería de mi? si no dependiera de mis obligaciones y de mis deberes, si fuera libre, libre realmente, qué haría? La libertad asusta porque asusta no tener destino… asusta un destino sin deseo, sin propósito.

Ya saben que el tema de la Libertad es casi una obsesión en mi vida, es un tema que me da vueltas, y sobre el que escribo hace años. Algunas de ustedes saben también que por estos días acabo de publicar mi segundo libro:“Expedicionaria”, donde escribo acerca del anhelo de libertad como motor del alma, como el combustible último de toda búsqueda, de todo impulso del alma hacia un destino diferente…

Tenía yo 17 años cuando leí por primera vez un libro de Krishnamurti, “La libertad primera y última”, ayer lo releía. Comienza con una cita de Huxley que dice” El ser humano es un anfibio, que vive entre lo que decide y lo que no”. Y yo vuelvo, como si no hubieran transcurrido ya 25 años!! vuelvo a hacerme las mismas preguntas: Cuál ese límite?, cuál es ese margen en que la vida y las circunstancias deciden por nosotras y cuál es el límite en que nos corresponde, o nos correspondería, decidir? pero que en muchas ocasiones elegimos, consciente o inconscientemente, ceder ese poder.

Estoy aquí para inquietarte, para interpelarte, y para decirte que allá en las esferas lejanas, en esas regiones que tanto te advierte tu miedo, habitan además de monstruos marinos y temerosas serpientes de dos cabezas, unas esperanzas azuladas y brillantes capaces de encender hogueras muertas hace milenios, habitan serenidades estremecedoras, y pasiones sin nombre que solo la piel saborea. Existe un mundo más allá del miedo, no quiero que te lo pierdas… por miedo no, si me dices que no te interesa esta perfecto, es un deseo como todos y tiene mi más alto respeto, pero si dices que quieres pero no te animas… ahí te convido una conversación, un pensamiento, una palabra… ahí siento que tengo algo que decirte.

Que te animes, que te atrevas a caminar hacia el centro de tu ser, que llegues al final del túnel, porque lo que te espera reaviva la sangre, enciende los fuegos, reinicia los mundos. El camino del autoconocimiento tiene ese destino final, la libertad… también de nosotras mismas. Por eso lo vale, por eso tiene sentido esa travesía.

Sin autoconocimiento no hay libertad real.

Existe un mundo en tu interior, que aún no has descubierto. Existes de un modo que aún no imaginas. Eres un misterio, eres un lugar nuevo cada dia, te crecen lagos y penínsulas en cada región del alma, cada noche, cada invierno. No seas una desconocida para tu propio corazón.

Los cambios de la vida

Cambiar es Vivir

“Nunca cambies, seguí siempre así”, me dijo alguien importante para mí, hace ya varios años. En ese momento lo sentí como un halago, un reconocimiento a mi ser, y me sentí muy bien con aquellas palabras y con aquella palmadita en la espalda. Pero con el tiempo, sentí el deseo profundo de cambiar, de convertirme en otra, y esas palabras, esas mismas apreciadas palabras, me pesaron como yugo. Me costó un tránsito largo poder por fin dejarlas a un costado del camino. Y Cambiar. Convertirme en “eso” que sabía que no sería aprobado, ni bien visto, quizás fuera víctima del desamor, del olvido. Pero mi impulso desde lo profundo de mi ser era innegociable, yo no podría hacer nada con eso. Era cambiar o morir…

A veces pienso que hubiera pasado si mi elección hubiera sido permanecer a la sombra de ese amor tan bajito, de esa mirada tan estrecha, si hubiese de algún modo negociado mi impulso de vivir por el impulso de gustar, de agradar. No puedo imaginarlo, realmente habría apagado mi vida, que recién empezaba.

Hoy no siento ningún rencor por aquella persona, pero claramente entiendo que se trataban de sus expectativas y de su deseo, para nada del mío. Lo que ella vio en mí era suyo. Esos fueron mis primeros procesos de transformación personal, allá por los años de la juventud, cuando las primeras luchas son con el mundo… más adelante, siento que cada vez me peleo menos con los otros, y que ahora las mayores luchas son conmigo misma. Cosas de la edad creo yo…

Pienso cuanta gente no logra salir de ese territorio, y queda entrampada en los –nunca cambies-, por un poco de amor, por un poco de atención, por miedo a qué pasa si cambias, que pasa si te vas de esa zona de confort. Que de confortable tiene muy poco en realidad, porque te pica, te hinca, no te gusta, pero te sirve. Estar cómoda no es suficiente para el alma. Le sienta muy bien a nuestro cerebro, a nuestra parte más primitiva que quiere comer y dormir, pero a los vuelos del espíritu le queda demasiado chico, no le alcanza para expresarse, para extenderse…

A esos cambios me refiero, los que involucran deseos genuinos y que van mucho más lejos que un simple cambio de corte de cabello, es el cambio de cabeza, de mentalidad. Cambios en el plano del SER más que del hacer, aunque uno nunca va disociado del otro. Cambios en la manera de nombrarme a mí misma y de nombrar la realidad que me rodea. Cambios que no son puramente reactivos, una mera reacción frente a los estímulos del mundo, sino aquellos que suponen vencer la inercia de lo cotidiano, de la rutina, de lo esperado, cambios que realmente van a modificar el rumbo de mi vida.

¿Por qué cuestan tanto los cambios? ademas del pánico natural frente a todo lo desconocido, es el hecho de no escucharnos a nosotras mismas. A veces estamos tan absortas en nuestro día a día que no los vemos venir, estamos tan desconectadas de nosotras mismas que no lo sentimos, como cuando -te viene- y te sorprende, “¡ah, cierto que ya era mi fecha para menstruar!”, el ciclo se cumple igual, desde lo profundo del alma, y no siempre estamos atentas a los avisos de que ya es momento. No nos escuchamos lo suficiente cuando nuestra voz interior nos dice, por las buenas y amorosamente, que habría que soltar lo viejo, y enfocarse en algo nuevo, que este tiempo ya se acabó… una relación, un proyecto laboral, una etapa de la vida que llega a su fin. No le hacemos caso, no nos hacemos caso… y, así nos va.

En general, si no atendemos los avisos, el mensajero comienza a golpear más fuerte, hasta tirarnos la puerta abajo, síntomas, enfermedades, accidentes… todos llamados, para tender lo que nos pasa. Para darle paso a ese sentir, al anhelo del alma.

La vida es cambio, es movimiento.

Los hábitos, la rutina, lo cotidiano, no tienen nada de malo, de hecho, son tremendamente útiles y nos facilitan la vida, en tanto estén al servicio de un bien mayor, del alto propósito de vivir en consonancia con lo que soy.

No voy a caer en la formula ligera del soltar, soltar es solo un paso del extenso y arduo proceso de darle forma a una vida nueva, a una nueva identidad del ser, a un nuevo comienzo. El Cambio, es un camino, una travesía, una expedición.

Te deseo de todo corazón, que tengas en tu vida todos los cambios que puedas, que quieras, que necesites, y que nunca te quedes dormida bajo ningún deseo ajeno. Te deseo que cambies, que te mantengas siempre en el camino, viva y despierta.

Caerse está permitido

Vas a caerte, y está bien.

Solemos creer que lo mejor de nosotros surge de nuestra mejor versión, pero quizás no sea tan así. Basta echar una mirada a nuestras vidas y ver como a veces, lo mejor que nos pasó fue gracias a un error. Lo Bueno sale de Todo de lo que Somos, también de nuestras contradicciones, de nuestros cortocircuitos. Como en terapia, las mejores sesiones son aquellas donde nos equivocamos, donde nos confundimos, cuando dije la palabra incorrecta…en el lugar correcto.

Todos hemos escuchado como mucho de los grandes inventos de la humanidad, surgieron de una falla, el inventor quería hacer una cosa y le salió mal, por accidente acaba descubriendo el verdadero invento revolucionario, el que significó un antes y un después. No es muy distinto en nuestras pequeñas vidas, a otra escala, pero sucede algo similar. Siempre puede salir mal, y quizás, sea nuestra mayor fortuna. El plan puede fallar, podemos fracasar estrepitosamente, se puede quemar el mapa de las predicciones, y puede derramarse el elixir que habíamos preparado por si acaso, sí, todo puede derrumbarse. No importa cuanto lo pienses, organices o planifiques, en el camino, vas a caerte, y está bien, habría que incluirlo en el plan, no solo porque puede suceder, sino porque indefectiblemente, sucederá. Porque es parte de la ruta a cualquier destino. No sirve demorarse en los lamentos, sirve tomar lo que quede, y seguir a pie. Lo mejor que tenemos es que somos errantes, es lo que nos salva de ese aburrimiento insalubre de ser infalibles y certeros.

El error no despareja los pies cada tanto, y nos empuja al piso. Si alguna vez tropezaste, si alguna vez te caíste, sabes de lo que hablo, y si te pasó de grande, te das cuenta la diferencia con las caídas de chicos, las caídas de la infancia las recordamos como eso, porrazos, nada más, pero si tropezaste de grande, ¡te sentís tan mal!!!, te duele tanto, la rodilla y el orgullo, y duele más porque el cuerpo se desacostumbra al suelo, y la rodilla a doblarse…y el ego ni te cuento.

Lo mejor de nosotros también surge de nuestras caídas, de nuestras torpezas, de nuestros terrores más desconocidos, de esa fragancia siempre irreconocible y súbita que suelen ser nuestros sentimientos más bajos, más indecibles. De ese lodo, de esa sombra, nacen también nuestros corajes más impensados, y las fuerzas irracionales, esas con las que no contábamos.

El mundo no sería un lugar mejor si nos quitáramos todos los defectos. El mundo es mejor cuando en ese intento de ser mejores, hacemos de nuestros fallos un recurso para la vida. La humanidad ha evolucionado también a los tropezones, gracias a los que, haciendo, intentando, se equivocaron, y lejos de callarse muertos de vergüenza, contaron de sus errores, y de ese modo allanaron el camino para los que veníamos detrás. Seamos generosos con nuestras desventuras, al final, no son tan importantes.

El fracaso es un invento de los exitistas de siempre, de los que viven para los resultados más que para la experiencia. El miedo al error se come vivas las aspiraciones de la gente, los tímidos amores, las iniciativas que podrían mejorar la vida de todos. En el mundo emprendedor hablan de equivocarse rápido y barato, para aprender más temprano y adquirir experiencia. De hecho, hay una corriente llamada “fuckup nights” donde se comparten los fracasos, para desafiarse a incorporarlos a sus historias, los cuentan como parte del proceso. Nadie se culpa o se avergüenza de eso.

Tus errores pueden salvarte, si no, mira para atrás en tu vida, ya ves como todo lo que un día salió “mal”, acabó siendo, con el tiempo, tierra lista para una buena siembra, y lo acabas agradeciendo, o al menos entendiendo. Siempre hay algo bueno, para quien está a dispuesto a tomarlo.

Caerse está permitido, y no solo está permitido, es inevitable, y te va a doler más si no estás listo.

Vas a caer, y está bien. ¡Sino que juego seria éste!





Una infancia feliz

Cada año, se acerca el día del padre y un montón de emociones y afectos se mueven y se remueven. Cada año hay quienes vuelven a revivir dolores viejos, a reeditar preguntas amarillas, los padres…el gran tema en el camino de la vida.

Años de escuchar en el consultorio Historias sobre padres ausentes, me motivaron a escribir un libro, y esta frase de Tom Robbins, condensa el espíritu con el que escribí “Siempre tengo padres”, refleja la intención mas profunda, el propósito mas claro.

Hoy quiero compartirles uno de los fragmentos que siento que más lo reflejan.

“Existe un mito, sobre el que me gustaría decir algo, es el mito de que las personas felices son aquellas que han tenido una infancia feliz. Yo no veo eso, la gente feliz que yo conozco y he podido ver en mis años de profesión, ha vivido infancias de todos los colores y texturas que se pueda imaginar, algunos han vivido infancias de cuentos de hadas y otros, muchos otros, han vivido infancias que a los ojos del mundo podrían resultar muy difíciles. Felicidad entendida como una vida serena y sin mayores tormentos.
Veo que muchos de ellos tienen apenas dos o tres recuerdos felices, y a través de ellos miran la vida, respiran la vida, sienten la vida. No niegan, ni desconocen , ni han olvidado, la crueldad con la que sus destinos los han arrinconado y mordido fieramente alguna vez, pero no viven ahí. No se han apostado en los cementerios de la memoria, viven en el camino, en lo que está vivo. Ven que han sobrevivido y se alegran por eso. Son agradecidos, muy agradecidos.
Plantan su bandera en la vereda del sol y desde allí, no importa cuánto duren los inviernos o las épocas de la desesperación, siempre están inventando nuevas palabras para regalarse una vida feliz, una infancia feliz.” Stella Acosta, “Siempre tengo Padres”.

La gran expedición

La gran expedición es hacia uno mismo…

De ningún modo iremos solos, de ningún modo el viaje será cómodo, pero la aventura y lo que el camino ofrece, merecen todos los intentos. Este es un viaje al que llegamos por las buenas, o por las malas sino, pero que termina siendo inevitable.

Porque hay que ser muy necios para no acabar un día preguntándonos, ¿qué hago aquí? ¿qué me trajo hasta este lugar de mi vida?, ¿qué decisiones vengo tomando?, que he venido haciendo, pensando, que las rutas de mi destino me arrastraron hasta este sitio. Cómo fue que acabé en una relación que detesto, o viviendo en un lugar que no elijo?, Cómo llegue a este desastre financiero o cómo es que vivo en un caos de problemas y de rencores mal dispuestos?.

Y es justo ahí cuando inicia la expedición, ese largo viaje al corazón de mi vida, a las catacumbas, a los abismos de mi incertidumbre y de mi miedo, para buscarme detrás de los espejos y sujetarme con los ojos firmes, y preguntarme por fin: ¿que hemos hecho?, y dejo de correr detrás del mundo reclamando ¿Por qué me pasa esto, Por qué a mí?

Ese viaje inicia un día, cuanto más temprano mejor para nosotros, mejor para el mundo, y si tenemos suerte y buenos vientos, no acaba mientras estemos respirando, porque habremos entendido, de una vez y para siempre, que somos parte de la ecuación, parte de lo que sucede, y que de esa parte nos cabe la responsabilidad, y nos cabe también su poder.

No se llega lejos en un principio, damos vueltas sobre nuestras propias preguntas, sobre nuestras pequeñas respuestas, somos precarios e ingenuos hasta en nuestra manera de buscar lo que brilla ante nuestros ojos, hasta que de tanto merodear en los páramos de nuestra mente, que surge lo más simple, y finalmente nos rendimos, a la comprensión catastrófica, de que no podremos solos. Sabemos que ya es el momento de ir hacia afuera a preguntar, entonces acude alguien, por error, por casualidad o por sabiduría, y nos hace el favor de darnos las preguntas correctas, las respuestas impensadas, los nuevos misterios, y nos empuja hacia la siguiente expedición.

Todo lo demás es la vida misma, la vida desde más allá de la inocencia, desde más allá del sentirme víctima de mis circunstancias, todo lo que sigue es experiencia, vivencia, vaivenes de un andar por el mundo.

El final del viaje consiste en mirar con ojos tibios, todo aquello que hemos aprendido, las grandes consignas que hemos abrazado, las verdades que nos guiaron y las sogas que nos salvaron de temerarias caídas, y verlas disolverse en el tiempo, porque entendemos también, que nunca dejamos de estar ateridos y ciegos, y que no es tan terrible esta condición del alma, que las verdades se extinguen, que las sogas arrumbadas ya no salvan a nadie, y que hemos dejado, secretamente, de creer en aquellas consignas.

Una y otra vez iniciaremos el viaje, volveremos al principio, volveremos a empezar… ¿por qué? si ya sabemos cómo acaba! Porque ser EXPEDICIONARIA es una condición del alma, no se elige, se la acepta o se la padece, eso es todo. Pero si la aceptas con esas ganas de darle velas al viento, si le dices SI con ese amor de niño a los arboles robustos, si te sientas en el asiento del conductor de una gran nave desconocida, te aseguro una expedición asombrosa, porque a los sitios a los que tu llegues, no habrá llegado nadie, nunca. Serás para siempre el primero, en cada remoto lugar de tu maravillosa vida, y quizás lo que encuentres, quizás aquello que aprendas o experimentes, sirva a otros, a dos o tres en este mundo, ya vale la pena, ya vale tu osadía.

Buen viaje, que te sean amables las noches y los días!

Recuperar mundos perdidos

Recuperar mundos perdidos

Hay un mundo que perdimos … cuando elegimos callarnos, cuando desestimamos nuestra voz, cuando teníamos más información en el mismo lugar que nos dice la boca abierta del alma, esa es la garganta clara que llevamos dentro, y que se conoce también como intuición, como sexto sentido, como la voz de nuestro ser superior, como tantas otras formas fantasmas de nombrar lo que no tiene razones, ni argumentos, ni siquiera un nombre decente.
Volveremos a esos mundos, dependiendo de qué hay que hacer.
Son en verdad mundos enteros, con sus flores y sus faunas, con sus especies y especímenes, con sus mitos y sus historias, con sus océanos y vastedades, enteramente mundos de la vida creativa, de la imaginación, de la risa, mundos completos que hemos vivido, extinguido o quemado, bajo el fuego de los dragones externos que arrastran con su ácida voz, “es que así no es que queremos” es que así son no son parte de nosotros, es así que no son pertenencias, es que así son no son merecedora de nuestro amor, es que si te sientes fuera de lugar, … ”y tantas otras condiciones locales, capaces de expresar el alma y desanimar el vuelo.
Y renuncias, casi voluntariamente, a esos aspectos de nuestra vida, porque a los ojos, a los contextos, a los pagos, a los demás, a los idiomas, a los que se puede hablar, a todo el mundo, porque nos volvemos, por un momento, incomprensibles para nosotros mismos, Porque la sombra del destierro, del desamor, del desamparo, de la muerte social, de la vergüenza.
Conscientes e inconscientes en los exploradores, los buscadores, los medios de transformar lo que existe, los que imaginan y crean, los que ejecutan ideas, los que apagan el mundo y un día lo encienden con un código nuevo, borramos a los irreverentes ya los Desafía en la plena época de la libertad de los pueblos y las ideas, sigue estando prohibido ser uno mismo. 
Y así, en un mundo donde hay tanto que aparentemente está permitido, eso mismo se goza de la prohibición de la mueca y el desagrado, tan desangrante como una guillotina en el centro del castillo medieval.

Recobrarte, volverte a traer de los infiernos, resucitar tus sueños de antaño, re nacerte y re parirte y re patriarte a tu propio territorio, es un trabajo arduo, pero Es Que El Alma No Vive Para Otra Cosa.

Veo cada día, caer mundos por el acantilado de los sueños frustrados, quebrados frente a la soledad y el dedo acusador. 
Lo que veo también, con enorme admiración y alegría, en el consultorio y en los talleres que doy hace años, es como a veces, 
un adulto vuelve a visitarse la infancia, y se encuentra con esos tesoros perdidos, con esos trajes de la inocencia y de la libertad, donde cabían todos los mundos, todos los nombres, todos los sentires, y recoge en sus brazos las risas resonantes, los gritos de piedra libre, las zancadas largas de sus piernas ágiles, y vuelve a su mundo de gente grande con la mirada tapada de juguetes, de ganas de jugarse la vida, vuelve con el impuso asesino de matar a todas sus excusas, y decidirse por fin a ser el marinero que navega sin rumbo, hasta la siguiente estrella. Vuelve con todos sus amiguitos, con esa desaforada pasión por jugar sin descanso, a merendarse a borbotones y con la boca manchada de chocolate, esas voces caducas y rancias que gritan “que de esa manera no se hace”, “que se quedaran solos”, “que nadie va a quererlos”, “que serán los últimos si lo hacen”…no los escuchan, salen corriendo, a vivir, lo que dure la tarde.

Hoy es el primer día de Mi Vida

Hoy es el primer día de Mi Vida

“Hoy es el primer día de mi vida” es una de mis frases preferidas. Porque me recuerda la posibilidad magnífica de iniciar el mundo a cada paso, porque me recuerda que es mio este recurso enorme para el ejercicio de la libertad. 
Lo que creemos que somos, lo que los otros dicen que somos, no nos determina; como nos determina el lugar o la historia de la que venimos, las cosas por las que hemos atravesado, el dolor que nos ha carcomido o las esperanzas que alguna vez abrazamos. 
Año tras año escucho a mis pacientes contar sus historias, todas ellas distintas, múltiples, aún cuando los hechos o las circunstancias fueran muy parecidas, la diferencia la marca lo que cada uno de ellos hace con eso. Lo que piensan, lo que creen, lo que se atreven a desafiar de sus propios destinos. 
Tantas veces nacemos desde la mas simple decisión,
y miramos el espejo, y le decimos bienvenido a ese otro que soy, y que desesperadamente me habita,
desde la niñez o desde el corazón de la imaginación.

Blog

Este es un espacio para personas que están transitando un cambio significativo en sus vidas, o están a punto de iniciarlo. Para aquellos que están en pleno viaje del héroe, en una cruzada por los mares y rutas desconocidas del propio mapa del alma. Este no es un blog para inocentes, para personas que no tienen ganas de arriesgar. Porque no creo en esos slogans fáciles que venden magia por desesperación, por el contrario, lo que yo he visto, en mis años como caminante por este mundo y en mis años como psicóloga, que ya son muchos, es algo más parecido a transitar la noche oscura del alma.
Aquellos que van navegando en esos mares, saben cuánto se aprecian las palabras capaces de ponerle algún sentido a semejante viaje.

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